Para tener en cuenta

La información es proporcionada solo con fines informativos y no debe ser usada con fines de diagnóstico o tratamiento. Además no debe sustituirse para diagnóstico y tratamiento profesional. No soy oftalmologa, solo presento noticias e informes que no suplantan la información del medico profesional.

lunes, 2 de septiembre de 2013

TENIS PARA PERSONAS CIEGAS...

Ellos tienen todo mapeado en su cabeza. El tamaño del gimnasio, las distancias con las paredes, la altura de la red, la cantidad de pasos que deben hacer hasta el vértice de esta mini cancha de tenis. Estos chicos ciegos lo tienen todo incorporado en su mente, que se siente estimulada por un deporte que los sorprendió, que no esperaban que fuese posible jugarlo. El sonido de un cascabel les sirve de guía para ubicar la pelota, alcanzarla, y darle lo más duro que puedan. Ellos no ven, pero eso no los detiene en su ilusión de jugar al tenis, pero con la vista en negro.
 
Cerrá los ojos, o tapátelos con un pañuelo, como jugando al “Gallito Ciego”. Empuñá la raqueta y pegale a una ruidosa pelota de goma espuma (que dentro tiene una pelotita de ping pong con cinco municiones de plomo). ¿Difícil no? Súmale que pase la red –un tanto más baja que la profesional- y que además entre en una cancha de tenis pero con las dimensiones de una de badmington. ¿Imposible? No. Y si sos un tipo desconfiado, fijate lo que hacen los chicos del Programa de Tenis para Ciegos en Argentina, proyecto dirigido por el profesor Eduardo Raffetto.
IMAGEN:
El profesor Raffetto instruye a uno de sus alumnos
El impacto de la singular pelota de gomaespuma contra la raqueta reaviva una y otra vez su sonido. Este se escucha en todo el gimnasio del Centro Burgalés de Buenos Aires, club del barrio de Caballito, donde se desarrolla el tenis para ciegos. Con profunda meticulosidad, Eduardo Raffetto dispara consejos tenísticos a sus pupilos. Eduardo viste un conjunto deportivo azul e imparte directivas sin empuñar la raqueta junior (fácil de maniobrar por ser más  liviana y corta), y apenas sostiene dos ruidosas pelotas en su mano derecha. “Bien. Ahí está”, le dice a Mauro, que no lo ve, pero sí lo escucha e interpreta. Mauro Bogarín, ciego de 20 años, impacta en numerosas oportunidades una esfera que no puede visualizar, pero que sí imagina.  
La inspiración de Eduardo apareció a la salida de su trabajo. En 2010, al terminar con sus habituales clases de tenis vio a una madre caminando con dos niños ciegos. A partir de ese momento comenzó a investigar y descubrió que el tenis para ciegos existía y tenía sus orígenes en Japón. En 1984, el estudiante ciego Miyoshi Takei, en la ciudad japonesa de Kawagoe, junto con su profesor de educación física decidieron innovar en la forma de jugar tenis. Después de años de práctica, y con el apoyo de la Asociación Japonesa de Deportes, el sueño se había cumplido. En 1990 se celebró el primer torneo de tenis para ciegos en Japón, una actividad que en la Argentina, y de la mano de Eduardo Raffetto, recién está dando sus primeros pasos.
“Mandé notas a Japón. Me respondieron. Me preguntaron: ¿Quién soy? ¿Dónde lo hago? ¿Por qué lo quería hacer? Estuve tres meses esperando, mientras averiguaba otras cosas, y me aceptaron y mandaron un manual. Estuve un año trabajando a solas con mi esposa (psicóloga) desarrollando la parte vivencial, al igual, que lo hacen todos los profesores que entran al programa”, cuenta Raffetto, que desde 2010 es director del Programa de Tenis para Ciegos y Disminuídos Visuales (PTCA, tenisparaciegos.com.ar). Además de impulsor de esta disciplina en Argentina, Eduardo es Capacitador Oficial de la Asociación Internacional de Tenis para Ciegos, un título que le permite alimentar su sueño de que el tenis para ciegos se convierta en algo mundial. Japón, Singapur, México, España, Reino Unido, Filipinas, Rusia, Nueva Zelanda y la Argentina son los países donde, hasta el momento, se practica esta modalidad, que en el futuro aspira a participar en los Juegos Paralímpicos. 
Algunos se divierten golpeando la bola en el  frontón. Otros pelotean junto a los profesores. Eduardo charla, pero nunca perdiendo su rol de profesor. Su atención está en que ninguno de los chicos se golpee en la búsqueda de las pelotas, actividad que realizan arrastrándose, sin ayuda de nadie. Eduardo, mirándolos con admiración y posiblemente sintiendo una pizca de orgullo propio, transmite los sueños de sus alumnos: “El objetivo de ellos es creer que pueden jugar tenis. Todos, si les preguntás uno por uno, tienen una ilusión. Por ejemplo, para Martín su ilusión es ver a Del Potro, a Nalbandián. Para Lucas, jugar en una cancha profesional y ganar un torneo.  Todos tienen una ilusión con el tenis porque lo conocen. Pero con la desventaja de que nunca pensaron que lo podían hacer. Quiero que crean que el tenis, ahora sí, es para todos”.
Como un cascabel que se zamarrea en el grueso cuello de una vaca madrina, así suenan las pelotas que utilizan los chicos ciegos. El sonido les sirve para poder ubicarlas e impactarlas, con la posibilidad de hacerlo con dos o tres piques, dependiendo el grado de ceguera. En un rápido conteo, son siete las pelotas que disponen para dar clases, y que cada una cuesta veinte dólares. Es que el programa es gratuito y no poseen ningún soporte de la AAT. “Si vos estás bien… ¿Para qué te vas a meter en esto?”, le decían a Eduardo autoridades de la máxima entidad de tenis en  la Argentina, que hasta ahora, no apoyó económicamente -ni dando su aval- al programa. Héctor “Bicho” Romani, vicepresidente de la AAT, en una nota con el diario Clarín dijo: “Yo no sabía nada”.
Entre los profesores, voluntarios porque ninguno cobra, está Nicolás Datilo, de 30 años. Nicolás dejó atrás, muy atrás, su puesto como empleado de banco. También abandonó sus ambiciones de cambiar el coche, todo por estar contento siendo profesor de tenis. “¿Te acompaño hasta la parada del subte? Pero si vengo de Lanús”, fue un ejemplo que dio el profe a EfectoTenis que evidencia los prejuicios que tenía Nicolás al comenzar con la enseñanza. Con el trato y el tiempo de convivencia, este preconcepto se desvaneció y la relación es de igual a igual.  “Hacen más cosas que yo. Ellos se encargan de la parte social. Hacen de todo y tienen un vida sumamente normal”, dice, admitiendo que esta experiencia es una “enseñanza muy grande”.
Uno de sus alumnos, que permite despegar del anonimato las palabras del profe Nicolás, es Martín Di Salvo. Este periodista deportivo, de 22 años, tiene un programa de radio sobre fútbol, en el cual no puede despegarse de aquello que “es más fuerte que yo”, su pasión por Nueva Chicago. El tenis para ciegos es una actividad más en su vida, dentro de tantas otras: “Sinceramente no pensé que se podía jugar. Es algo que siempre quise”, manifiesta Martín que viste la camiseta del Torito de Mataderos y que en un rato se tiene que encontrar con su novia en Gonzalez Catán.
 



FUENTE: http://www.youtube.com/watch?v=2baS11g7f9U

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